Empecé a sospecharlo hace poco y ya no quiero saber más. Me extrañaba que casi todo el mundo me quisiera, o al menos eso decían, salvo quien no quisiera quererme, o no deseara decirlo, claro está. Sí, sí, mucho cariñito, pero nadie permanecía mucho tiempo a mi lado, o yo al lado suyo, claro está. Y eso que todos decían que yo les hacía bien. Al menos eso decían. En la película Amelie se dedicaba a intentar hacer feliz a la gente, incluso haciendo trastadas. Ella se sentía bien de esa forma, siendo retorcidamente buena. Amelie era como un ángel. Un ángel ambulante. En mi caso quise comprobarlo. Un primer piso no está mal para empezar. Tirarme desde allí tampoco me iba a matar, no era en realidad un suicidio, sólo una prueba. Un, dos, tres y ¡zas!, lo hice. Nada más empezar a caer al vacío, desde el primer piso, noté unas pequeñas protuberancias en la espalda, dos en concreto, simétricas. Debían ser las alas, que estuvieron a punto de desplegarse. ¡Qué felicidad! Me había roto una pierna y en la otra tenía un esguince de tobillo. Aún no sabía caer bien, pero al menos tenía la certeza de que era un angel en potencia. ¡Claro!, por eso no podía permanecer con nadie mucho tiempo, porque una vez que les había ayudado, tenía que dedicarme a otra misión. Era su bendición y mi maldición. Pero de camino al hospital, empecé a notar el brote de otras protuberancias, en la cabeza, en el cuello, al final de la espalda. Eso me ha asustado. Así que ahora me dedico a curarme y no quiero saber más de mí.
José Luis Gordillo
viernes 13 de noviembre de 2009
jueves 12 de noviembre de 2009
Cuento con voces y bichos
Ese chico tenía pinta de no encontrar gusto ni sorpresa en nada que se pudiera encontrar en este universo y, sin embargo, no fallaba que animal con el que se cruzaba, animal que se disponía a seguirlo.
Miraba que parecía una vieja bruja que hubiera poseído el cuerpo de un adolescente, invitando a cualquiera a marcharse antes de salir mal parado. Por el contrario, todo el mundo se quedaba esperando que le predijera el futuro o algo peor.
Lo más importante de todo es que en toda su vida no había hecho sino mentir.
Aquella tarde, Arturo tenía cuatro gatos enredados en los pies y un perrillo mordiéndole la manga. Trataba de recordar qué explicación verosímil le había dado a su novia, Ana, para aplacarla del descubrimiento del pendiente en la alfombrilla trasera del coche. Andaba con suficientes voces remojándole el cerebro como para perderse en su propia conspiración.
Las buenas gentes salían del supermercado mirando de reojo el espectáculo de tanto bicho tironeándole. Hasta que levantó la vista y se encontró con unos ojos divertidos un poco por encima de una boca totalmente roja que le dijo "¿Me ayudas con las bolsas?".
Los seis la siguieron esquivando carritos de bebés que parecían circular solos, bicicletas desbocadas y pandillas de críos que salían de los colegios. Ella hablaba todo el rato sobre lo vacíos que tenía despensa y frigorífico, y que quería comprar un dormitorio nuevo con una cama que no chillara y cambiar las cortinas también. A él todo le parecía bien porque ya sólo atendía al movimiento de su falda corta y al pelo malva que luchaba contra la diadema que le despejaba la cara.
"Nos va a sentar tan bien un té calentito y un cigarrillo liado", dijo, "yo vivo aquí al lado, en la calle de los Rosales".
A los tres días, ya habían terminado con las provisiones de nuevo, porque no es verdad que el amor te quite el hambre. Quieres comer más y bien, para estar fuerte y poder quitarle una y otra vez su colección de faldas y medias de colores. De rayas, de cuadros, de flores, de animalitos de todas las especies.
Hasta que, mientras se abrochaba botones y cremalleras por enésima vez, aburrida de mentiras y titubeos, la chica le dijo "Lo que tienes que decirle a Ana es que el pendiente de tu bailarina es mío, y que te has topado con lo que siempre buscaste. Como ya no te quiere, lo entenderá".
Luego le hizo salir del piso. Y él sin saber su nombre.
En el mes siguiente, Arturo fue incapaz de encontrar la dirección. Las voces estaban fortalecidas por el deseo que le ahogaba día y noche. Tenía la del hombre mayor que podía ser su tío muerto muy joven por un cáncer. Éste le intentaba convencer de que no había varón en su familia que hubiera logrado hacer feliz a mujer alguna. También tenía la de aquella vecina que pintaba cuadros horribles. Ella no dudaba en martirizarle con que sólo se vivía una vez.
Finalmente, hizo una maleta con ropa para dos estaciones. Tal vez la chica de las medias se había ido de la ciudad, era sólo una cuestión de metodología encontrarla. En muchas partes había una calle de Los Rosales, y llevaba todos los mapas impresos de Internet y cuidadosamente ordenados dentro de una carpetilla.
Viviría del cuento y del baile latino mientras durara la búsqueda, esa era la parte fácil. A Ana bastaba con no cogerle el teléfono ni contestarle a los mensajes. Las mujeres tardan en cansarse de uno, pero, con paciencia, se consigue.
Pasaron cinco años. A estas alturas tenía identificadas por lo menos cinco personas diferentes dentro de su cabeza. Había atesorado faldas cortas de todos los estilos, la mayoría eran pequeñas caricaturas de los trajes típicos de cada ciudad en la que buscaba la calle de Los Rosales. Se había hecho un adorno con el pendiente de la bailarina y cada mañana se lo prendía en la chaqueta, pinchándose el pecho muchas veces, y salía con una canción en la memoria y una cámara de fotos pequeña.
Como nunca dejó a Ana, ella tuvo varios hijos y a todos les puso su nombre. Arturo no encontró a quien regalarle las faldas para poder rompérselas a veces con violencia y otras quitarlas resbalándolas por unas piernas enfundadas en colores. Siempre hubo algún gato o perro que posara desnudo para que él lo retratara.
Miraba que parecía una vieja bruja que hubiera poseído el cuerpo de un adolescente, invitando a cualquiera a marcharse antes de salir mal parado. Por el contrario, todo el mundo se quedaba esperando que le predijera el futuro o algo peor.
Lo más importante de todo es que en toda su vida no había hecho sino mentir.
Aquella tarde, Arturo tenía cuatro gatos enredados en los pies y un perrillo mordiéndole la manga. Trataba de recordar qué explicación verosímil le había dado a su novia, Ana, para aplacarla del descubrimiento del pendiente en la alfombrilla trasera del coche. Andaba con suficientes voces remojándole el cerebro como para perderse en su propia conspiración.
Las buenas gentes salían del supermercado mirando de reojo el espectáculo de tanto bicho tironeándole. Hasta que levantó la vista y se encontró con unos ojos divertidos un poco por encima de una boca totalmente roja que le dijo "¿Me ayudas con las bolsas?".
Los seis la siguieron esquivando carritos de bebés que parecían circular solos, bicicletas desbocadas y pandillas de críos que salían de los colegios. Ella hablaba todo el rato sobre lo vacíos que tenía despensa y frigorífico, y que quería comprar un dormitorio nuevo con una cama que no chillara y cambiar las cortinas también. A él todo le parecía bien porque ya sólo atendía al movimiento de su falda corta y al pelo malva que luchaba contra la diadema que le despejaba la cara.
"Nos va a sentar tan bien un té calentito y un cigarrillo liado", dijo, "yo vivo aquí al lado, en la calle de los Rosales".
A los tres días, ya habían terminado con las provisiones de nuevo, porque no es verdad que el amor te quite el hambre. Quieres comer más y bien, para estar fuerte y poder quitarle una y otra vez su colección de faldas y medias de colores. De rayas, de cuadros, de flores, de animalitos de todas las especies.
Hasta que, mientras se abrochaba botones y cremalleras por enésima vez, aburrida de mentiras y titubeos, la chica le dijo "Lo que tienes que decirle a Ana es que el pendiente de tu bailarina es mío, y que te has topado con lo que siempre buscaste. Como ya no te quiere, lo entenderá".
Luego le hizo salir del piso. Y él sin saber su nombre.
En el mes siguiente, Arturo fue incapaz de encontrar la dirección. Las voces estaban fortalecidas por el deseo que le ahogaba día y noche. Tenía la del hombre mayor que podía ser su tío muerto muy joven por un cáncer. Éste le intentaba convencer de que no había varón en su familia que hubiera logrado hacer feliz a mujer alguna. También tenía la de aquella vecina que pintaba cuadros horribles. Ella no dudaba en martirizarle con que sólo se vivía una vez.
Finalmente, hizo una maleta con ropa para dos estaciones. Tal vez la chica de las medias se había ido de la ciudad, era sólo una cuestión de metodología encontrarla. En muchas partes había una calle de Los Rosales, y llevaba todos los mapas impresos de Internet y cuidadosamente ordenados dentro de una carpetilla.
Viviría del cuento y del baile latino mientras durara la búsqueda, esa era la parte fácil. A Ana bastaba con no cogerle el teléfono ni contestarle a los mensajes. Las mujeres tardan en cansarse de uno, pero, con paciencia, se consigue.
Pasaron cinco años. A estas alturas tenía identificadas por lo menos cinco personas diferentes dentro de su cabeza. Había atesorado faldas cortas de todos los estilos, la mayoría eran pequeñas caricaturas de los trajes típicos de cada ciudad en la que buscaba la calle de Los Rosales. Se había hecho un adorno con el pendiente de la bailarina y cada mañana se lo prendía en la chaqueta, pinchándose el pecho muchas veces, y salía con una canción en la memoria y una cámara de fotos pequeña.
Como nunca dejó a Ana, ella tuvo varios hijos y a todos les puso su nombre. Arturo no encontró a quien regalarle las faldas para poder rompérselas a veces con violencia y otras quitarlas resbalándolas por unas piernas enfundadas en colores. Siempre hubo algún gato o perro que posara desnudo para que él lo retratara.
jueves 29 de octubre de 2009
La antítesis venusiana
¡Qué pedante y qué leche! ¡Cuánto tiempo perdido! Estábamos cansados de la guerra entre los sexos pero se ve que es lo que hay, ya le tocará otra cosa a las generaciones venideras. Y esa como otras es una ironía más, todas las mujeres proclamando que los hombres somos iguales. Entonces, ¿por qué me dejó ella para irse con otro igual? No las entiendo, creo que ni se entienden. Pero quién quiere entender cuando se vive tan bien en el limbo. Y yo, puesto a estar en el limbo prefiero el "limbo-rock", por lo menos doblas el espinazo por un noble objetivo.
Y no es hiel, ni mucho menos, no me va la guerra de sexos ni los falos kilométricos que "espachurran" lo que encuentran por en medio, inerte o no. Sobre todo si soy yo el que está en medio.
En fin, divagando como siempre, me encuentro con las lentillas saboteando mi vista, o mi visita... ah, no, que la visita soy yo... y no sé por cuánto tiempo mi anfitriona aguantará mi presencia... al fin y al cabo sólo hemos hablado de Biblia y juguetes íntimos. Que bien pensado no es moco de pavo, porque son dos de los pilares de nuestra existencia, y la combinación ha sido perfecta. Quizás sin darnos cuenta el momento más natural de la noche, en el que nos unimos en una delicada comunión. Y eso después de repasar los siete pecados capitales. Jamás pensé que puntuaría mi nivel pecaminoso, y que al comprobar que sólo llego a un aprobado raspado me haría trampas al solitario para reafirmarme como pecador. Claro que su nivel tampoco es... cómo lo diría yo, aceptable. De tan poco pecado nada bueno puede salir.
Y mi pecado esta noche es estar amamonado, perdón por el Román Paladino, pero mi amigo de la Patente de Corso lo entendería y hasta apoyaría. Dónde ha quedado la bizarría del españolito, dónde han quedado tantos valores que cuando uno quiere usarlos no los encuentra y cuando los encuentra no sabe usarlos.
Y esta espesura que me amenaza es un fiel reflejo de lo que me atenaza. La antítesis. Mi antítesis, que es tan mala para ser de este Planeta que la voy a ubicar en Venus por ejemplo.
Y ya.
(Kolaboración)
Y no es hiel, ni mucho menos, no me va la guerra de sexos ni los falos kilométricos que "espachurran" lo que encuentran por en medio, inerte o no. Sobre todo si soy yo el que está en medio.
En fin, divagando como siempre, me encuentro con las lentillas saboteando mi vista, o mi visita... ah, no, que la visita soy yo... y no sé por cuánto tiempo mi anfitriona aguantará mi presencia... al fin y al cabo sólo hemos hablado de Biblia y juguetes íntimos. Que bien pensado no es moco de pavo, porque son dos de los pilares de nuestra existencia, y la combinación ha sido perfecta. Quizás sin darnos cuenta el momento más natural de la noche, en el que nos unimos en una delicada comunión. Y eso después de repasar los siete pecados capitales. Jamás pensé que puntuaría mi nivel pecaminoso, y que al comprobar que sólo llego a un aprobado raspado me haría trampas al solitario para reafirmarme como pecador. Claro que su nivel tampoco es... cómo lo diría yo, aceptable. De tan poco pecado nada bueno puede salir.
Y mi pecado esta noche es estar amamonado, perdón por el Román Paladino, pero mi amigo de la Patente de Corso lo entendería y hasta apoyaría. Dónde ha quedado la bizarría del españolito, dónde han quedado tantos valores que cuando uno quiere usarlos no los encuentra y cuando los encuentra no sabe usarlos.
Y esta espesura que me amenaza es un fiel reflejo de lo que me atenaza. La antítesis. Mi antítesis, que es tan mala para ser de este Planeta que la voy a ubicar en Venus por ejemplo.
Y ya.
(Kolaboración)
martes 27 de octubre de 2009
La maleta
Las obras interrumpidas por la crisis resultan inquietantes, sobre todo en la noche, esqueletos de casas. Uno se imagina viviendo allí, olvidando que no hay paredes y, claro, cayendo al vacío. Hasta que un día que tal vez le ha subido la fiebre, entremetido en el juego de luces y sombras del atardecer, uno se ha metido sin pensar, sólo porque ha encontrado abierta la puerta de la urbanización todavía ausente.
Nunca fue tan audaz, aunque no está de más dejar las luces del coche encendidas, por lo que pudiera habitar en ese barrio de fantasmas. Curioso subir las escaleras provisionales y alcanzar lo que será el ático del edificio, arrastrando su maleta. ¡Qué ilusión debe ser estrenar una casa!. Además, ésta tiene unas estupendas vistas a la muralla de Ávila, que por la noche, como casi todo, es azul.
Entra en la cocina y abre la nevera, está bien surtida, magnífico porque lo malo que tienen estos barrios es que hay que ir con el coche hasta a comprar el pan. Y su coche ya no tiene batería, por lo de las luces, pero ya pensará en eso más adelante. Tira de una palanca, los cubitos de hielo tintinean en su vaso de cristal grueso, un poco de ginebra para coger el sueño.
Aunque tuvo sus dudas en su momento y llevarlo a cabo le supuso bastantes quebraderos de cabeza, cuánto se alegra ahora de haberse hecho su propia piscina en la terraza del ático. Allí recostado, música suave, bebiendo tranquilamente y respirando el aroma del triunfo personal y profesional, quién puede desear algo más.
De mañana, una maleta desvencijada y medio abierta, con un molde de cubitos de hielo y un bañador húmedo en su interior, es golpeada por el viento en lo que será algún día el piso-ático de una obra paralizada por la crisis.
Nunca fue tan audaz, aunque no está de más dejar las luces del coche encendidas, por lo que pudiera habitar en ese barrio de fantasmas. Curioso subir las escaleras provisionales y alcanzar lo que será el ático del edificio, arrastrando su maleta. ¡Qué ilusión debe ser estrenar una casa!. Además, ésta tiene unas estupendas vistas a la muralla de Ávila, que por la noche, como casi todo, es azul.
Entra en la cocina y abre la nevera, está bien surtida, magnífico porque lo malo que tienen estos barrios es que hay que ir con el coche hasta a comprar el pan. Y su coche ya no tiene batería, por lo de las luces, pero ya pensará en eso más adelante. Tira de una palanca, los cubitos de hielo tintinean en su vaso de cristal grueso, un poco de ginebra para coger el sueño.
Aunque tuvo sus dudas en su momento y llevarlo a cabo le supuso bastantes quebraderos de cabeza, cuánto se alegra ahora de haberse hecho su propia piscina en la terraza del ático. Allí recostado, música suave, bebiendo tranquilamente y respirando el aroma del triunfo personal y profesional, quién puede desear algo más.
De mañana, una maleta desvencijada y medio abierta, con un molde de cubitos de hielo y un bañador húmedo en su interior, es golpeada por el viento en lo que será algún día el piso-ático de una obra paralizada por la crisis.
lunes 19 de octubre de 2009
LA VERDADERA DESPEDIDA
Lo que verdaderamente pasó es que sonrieron mucho más, es que en el último bar él se acercó y ella jugó con su pelo y tanto se miraron a los ojos, que el entorno tomó un leve color azul. Que en el dulce juego de seducción, ningún objetivo quedó revelado y fue allí donde se besaron, aprovechando una ciudad tan vacía un domingo cualquiera.
Después fueron en su coche, con las ventanillas bajadas, dejando entrar la noche y salir el olor a plástico. La falda abierta de vuelo se le resbalaba y él podía ver sus muslos. Ella no hablaba ya: en ese momento ambos rodeaban la casa huyendo del bullicio, y se besaban hasta mojarse sin encontrar a nadie por el camino, tan pegados que allí no había más.
Lo que verdaderamente pasó es que cuando llegaron, fueron a su portal y mil palabras no habían sido pronunciadas. No había cortapisas ni premisas ni prisas. Se habían hecho gestos que valían párrafos enteros, que hablaban de ternura y de locura, de pudor, de torpeza, de “tienes unas manos perfectas”, “quisiera perderme en tus rizos”, “sé quién eres”, “ven”.
sábado 17 de octubre de 2009
La baldosa (poema a la duración)
Mi azotea.
Los hierros de debajo del Puente de Triana.
Y una roca, una roca eterna con ojos de musgo,
en un campo radiante de árboles y brisa.
La iglesia de la ventana tapiada: tiene una campana
que tañe levemente con el viento.
La casa de techo alto donde viví 6 años.
El sillón de cuero blanco que se quemó en el incendio.
¿Qué ves ahora?
Una
Hermosos
fachada
edificios industriales
naranja
teñidos de naranja
iluminada por el sol
por el sol que cae.
El trozo de aire en torno al balcón,
vía de paso de cientos de pájaros en primavera.
Un cartel de se vende con un teléfono, macetas en los balcones.
Un hospital, paneles solares, un bikini secándose.
Copas de árboles y farolas.
Persianas con secretos monótonos.
Creo que se mueve una cortina a lo lejos.
La escalera de mano que me sube a los altillos.
Un portal fresquito en una tarde de agosto.
La chimenea de campana de hierro en la casa de campo.
Todas las hogueras.
La playa que me diste cuando nos miramos aquellos 2 segundos.
El poyete frente al espigón donde llevo 30 años sentándome.
Los bares donde intenté olvidarlo todo.
El otro lado de la barra del bar
donde lo vi la primera vez, hace un año.
El primer aeropuerto, yo con el pelo corto.
Un río que corre manso cuando le dejan los cruceros de turistas.
El viento de aquel día en aquel barco que nos llevó a la exclusa.
El cuaderno de notas de Raquel Garabi,
sus gomillas del pelo, sus pulseras.
La silla en la que tuve un momento de paz,
mientras me hacías el arroz blanco,
antes de hacerme el amor rojo.
El melocotón que nos deslizó hasta el primer beso.
Las cáscaras de cacahuete donde meto los dedos.
El botón donde metes los dedos.
El pasillo de flores que me llevó a tu espalda.
El área de descanso donde comí sandía,
sentada en una caja, con los pies colgando.
El puesto del mercado donde hablé con un
pulpo, que me pidió un abrazo.
Donde paré el coche más adelante y
vi un paisaje quemado y verde oscuro,
el paisaje de las médulas, en León,
el paisaje de la geria, en Lanzarote,
el río Cuervo naciendo en apenas dos chorros, la nieve.
Tú y yo en mi azotea, desafiando tu líbido,
bajo los fuegos artificiales,
tu cara azul, la mía morada,
luego la tuya verde, la mía naranja
Un empujón de sangre con forma de acantilado.
Un acantilado en La Coruña con esta pintada "Galicia non é España".
El trozo de baldosa que me llevé a las manos cuando nos entró el miedo.
El árbol donde te hiciste sangre y más te quise.
La gruta donde en silencio nos cogimos de la mano.
La tienda de libros antiguos en Guildford.
Águilas reales sobre un puente colgante en el camino
de La Habana a Varadero, ¿o no eran reales?.
El parque botánico de Adelaide, en el sur de Australia.
El mercado de Madrid al que iba a comprar la ensalada.
La cima de una montaña que escalé en 7 horas.
Mi oso polar de peluche.
La boca de metro donde entendí el mundo.
La isla donde no entendí nada.
La escalera de la biblioteca donde te vi por primera vez,
aferrado a tu cuaderno.
El campo de fútbol donde apareció un toro.
La celda donde canté llorando.
Cazorla, el remanso bravío del arrojo.
San Nicolás del Puerto: una lluvia de ranas.
La sala de espera de urgencias del hospital: mi primer dolor de verdad.
El holograma de nuestras manos juntas y apretadas.
La secretaría de la facultad de periodismo de la que escapé.
El patio de la facultad de filosofía.
Una playa nudista de Fuerteventura sitiada por los complejos hoteleros.
El miedo y la baldosa, la baldosa y el miedo.
Felipe Bollaín y Carmen Puerto
Los hierros de debajo del Puente de Triana.
Y una roca, una roca eterna con ojos de musgo,
en un campo radiante de árboles y brisa.
La iglesia de la ventana tapiada: tiene una campana
que tañe levemente con el viento.
La casa de techo alto donde viví 6 años.
El sillón de cuero blanco que se quemó en el incendio.
¿Qué ves ahora?
Una
Hermosos
fachada
edificios industriales
naranja
teñidos de naranja
iluminada por el sol
por el sol que cae.
El trozo de aire en torno al balcón,
vía de paso de cientos de pájaros en primavera.
Un cartel de se vende con un teléfono, macetas en los balcones.
Un hospital, paneles solares, un bikini secándose.
Copas de árboles y farolas.
Persianas con secretos monótonos.
Creo que se mueve una cortina a lo lejos.
La escalera de mano que me sube a los altillos.
Un portal fresquito en una tarde de agosto.
La chimenea de campana de hierro en la casa de campo.
Todas las hogueras.
La playa que me diste cuando nos miramos aquellos 2 segundos.
El poyete frente al espigón donde llevo 30 años sentándome.
Los bares donde intenté olvidarlo todo.
El otro lado de la barra del bar
donde lo vi la primera vez, hace un año.
El primer aeropuerto, yo con el pelo corto.
Un río que corre manso cuando le dejan los cruceros de turistas.
El viento de aquel día en aquel barco que nos llevó a la exclusa.
El cuaderno de notas de Raquel Garabi,
sus gomillas del pelo, sus pulseras.
La silla en la que tuve un momento de paz,
mientras me hacías el arroz blanco,
antes de hacerme el amor rojo.
El melocotón que nos deslizó hasta el primer beso.
Las cáscaras de cacahuete donde meto los dedos.
El botón donde metes los dedos.
El pasillo de flores que me llevó a tu espalda.
El área de descanso donde comí sandía,
sentada en una caja, con los pies colgando.
El puesto del mercado donde hablé con un
pulpo, que me pidió un abrazo.
Donde paré el coche más adelante y
vi un paisaje quemado y verde oscuro,
el paisaje de las médulas, en León,
el paisaje de la geria, en Lanzarote,
el río Cuervo naciendo en apenas dos chorros, la nieve.
Tú y yo en mi azotea, desafiando tu líbido,
bajo los fuegos artificiales,
tu cara azul, la mía morada,
luego la tuya verde, la mía naranja
Un empujón de sangre con forma de acantilado.
Un acantilado en La Coruña con esta pintada "Galicia non é España".
El trozo de baldosa que me llevé a las manos cuando nos entró el miedo.
El árbol donde te hiciste sangre y más te quise.
La gruta donde en silencio nos cogimos de la mano.
La tienda de libros antiguos en Guildford.
Águilas reales sobre un puente colgante en el camino
de La Habana a Varadero, ¿o no eran reales?.
El parque botánico de Adelaide, en el sur de Australia.
El mercado de Madrid al que iba a comprar la ensalada.
La cima de una montaña que escalé en 7 horas.
Mi oso polar de peluche.
La boca de metro donde entendí el mundo.
La isla donde no entendí nada.
La escalera de la biblioteca donde te vi por primera vez,
aferrado a tu cuaderno.
El campo de fútbol donde apareció un toro.
La celda donde canté llorando.
Cazorla, el remanso bravío del arrojo.
San Nicolás del Puerto: una lluvia de ranas.
La sala de espera de urgencias del hospital: mi primer dolor de verdad.
El holograma de nuestras manos juntas y apretadas.
La secretaría de la facultad de periodismo de la que escapé.
El patio de la facultad de filosofía.
Una playa nudista de Fuerteventura sitiada por los complejos hoteleros.
El miedo y la baldosa, la baldosa y el miedo.
Felipe Bollaín y Carmen Puerto
Desde TANTEANDO
YO SOY PORQUE TÚ ERES
Porque estás doblando mi sombra todo el día para que no arrastre
Porque dices tantas barbaridades que ya no me conformo con menos
Porque casi no lees, no sabes coger el boli y tienes mil tipos de prisas
...
SOY BLANCA
Soy una comunidad de vecinos
Soy un cuenco de agua con sabor a cobre
Soy un láser para tallar diamantes
Soy la espuma en la boca del animal agotado
Soy una goma de borrar manchada
Soy el reverso de la clave de sol, y me acuesto en mi pentagrama
Soy una ninfa descarada y sin deudas
A veces mi propio ser amado se me desborda
y apenas puedo alcanzar mi casa,
buscar un papel blanco para doblar,
hacer una cajita y ahí volcarlo.
Taparla con rapidez mirando a todas partes.
Cuando llego, ya se ha desperdigado
y todo son dudas,
y estoy cubierta de rosas blancas y fragantes.
...
DORMIR EN CLANDESTINO
Despierto acompañada
hay tiempo para otro
Protesto
Disfruto
Me llevan al trabajo
donde hay muchos papeles
Río
Recuerdo
"Te tragaste un miliki"
Quién es ese
Bromeo
Sé quién es
Pasa algo curioso:
todos los teléfonos terminan en 196.
Insisto
Suspiro
Me duermo en un autobús
pasa mi parada.
Me enfado
Me río
En casa hay ropa tendida
y la cama está abierta
Porque estás doblando mi sombra todo el día para que no arrastre
Porque dices tantas barbaridades que ya no me conformo con menos
Porque casi no lees, no sabes coger el boli y tienes mil tipos de prisas
...
SOY BLANCA
Soy una comunidad de vecinos
Soy un cuenco de agua con sabor a cobre
Soy un láser para tallar diamantes
Soy la espuma en la boca del animal agotado
Soy una goma de borrar manchada
Soy el reverso de la clave de sol, y me acuesto en mi pentagrama
Soy una ninfa descarada y sin deudas
A veces mi propio ser amado se me desborda
y apenas puedo alcanzar mi casa,
buscar un papel blanco para doblar,
hacer una cajita y ahí volcarlo.
Taparla con rapidez mirando a todas partes.
Cuando llego, ya se ha desperdigado
y todo son dudas,
y estoy cubierta de rosas blancas y fragantes.
...
DORMIR EN CLANDESTINO
Despierto acompañada
hay tiempo para otro
Protesto
Disfruto
Me llevan al trabajo
donde hay muchos papeles
Río
Recuerdo
"Te tragaste un miliki"
Quién es ese
Bromeo
Sé quién es
Pasa algo curioso:
todos los teléfonos terminan en 196.
Insisto
Suspiro
Me duermo en un autobús
pasa mi parada.
Me enfado
Me río
En casa hay ropa tendida
y la cama está abierta
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